Política exterior brasilera: ¿Game Over?

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Por Oliver Stuenkel*

Mientras los líderes mundiales reunidos en Suiza la semana pasada discutían sobre el futuro de Siria, el Ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, Alberto Figueiredo, fue a Natal (Nordeste de Brasil) para participar de la ceremonia de inauguración de un estadio de futbol para el mundial. Y por ese motivo, debió rechazar la invitación a participar de la conferencia de paz. Al día siguiente uno de los periódicos más importantes de Brasil invitó a Figueiredo a mantener una extensa entrevista enfocada exclusivamente en la crisis en Siria. Dicha entrevista dio lugar al nuevo Ministro de Relaciones Exteriores para hacer pública la visión de Brasil acerca de este tema. Una vez más, el Ministro declinó la oferta.

Dilma Rousseff ha sido la principal culpable. Obsesionada en su dirección por centralizar la toma de decisiones, la Presidente entiende la política exterior como un campo minado de poco valor para conseguir su reelección, o al menos así lo interpreta Itamaraty en Brasilia. En relación a ello, el siempre fiel Ministro de Educación Aloizio Mercadante, fue convocado a ser jefe del gabinete ministerial de Rousseff, quien logró sobre llevar exitosamente la brecha entre la Presidente y Patriota, su ex Ministro de Relaciones Exteriores. De éste modo Mercadante se volvió su compañero y asesor más confiable. Actualmente, la decisión de quiénes participarán en las reuniones de Dilma Rousseff con líderes extranjeros está siendo tomada por él. Ningún otro líder brasileño en la historia reciente tuvo al Ministerio de Relaciones Exteriores con un papel tan secundario, ya que históricamente siempre se posicionó por encima de las disputas políticas.

Inclusive los críticos de la política exterior de Lula han comenzado a comprender que la estrategia de Rousseff es mucho peor: consideran que Brasil simplemente dejará de participar en muchos de los debates internacionales. Al respecto, un ex Ministro de Relaciones Exteriores comentó recientemente que “al menos Lula tenía opinión”, y “por lo menos, él representaba algo”. Desde antes que Rousseff asumiera la presidencia muchos predijeron que la era dorada de la política exterior de Brasil, activa e innovadora, había terminado. La diplomacia de Lula-Amorin fue profundamente personalizada y difícil de imitar por cualquier sucesor. Adicionalmente, el escenario global ha cambiado. Si bien en los primeros diez años de éste siglo se vivió el nacimiento del BRICS y la lucha contra la hegemonía de Estados Unidos, Rousseff heredó una situación económica más compleja que la forzó a concentrarse en asuntos domésticos.

En un segundo término, existe una posibilidad real para que Rousseff se deshaga, sistemáticamente, de muchos de los más importantes logros en materia de política exterior del ex Presidente Lula. Mientas él participaba en Medio Oriente y Rousseff se muestra reacia a asumir liderazgo sobre la cuestión de Irán o Siria. Asimismo, mientras que Lula abrió innumerables embajadas en el continente africano, son frecuentes los rumores que Rousseff considera cerrar muchas de ellas, una señal desastrosa enviada a la comunidad internacional (el último país que cerró embajadas en África fue Rusia luego del colapso Soviético). Como efecto inmediato la embajada de Brasil en Kabul que Lula había imaginado, la 140 embajada brasilera, nunca fue concretada. Como consecuencia de ello, Brasil debe confiar en las reuniones informativas de otros países y no puede participar de forma relevante en las discusiones en torno al futuro de Afganistán.

Además, hasta el momento Brasil se ha negado a acelerar su retorno al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, solicitando a un vecino regional que lo propone que de un paso atrás, algo que difícilmente sea un signo de la incontrolable ambición de formar parte del Consejo de Seguridad como miembro permanente. Finalmente, luego de un gran anuncio de Rousseff el año pasado, acerca de tomar liderazgo sobre internet, se volvió general la confusión sobre lo que intentará lograr Brasil cuando se dé una importante conferencia sobre dicha temática en San Pablo. Del mismo modo, el gobierno no se ha pronunciado acerca de sus objetivos y metas parta la sexta cumbre de BRICS, que tendrá lugar en la misma ciudad en el mes de Julio.

Todo esto es una mala noticia, tanto para Brasil como para la comunidad internacional en su conjunto. En un mundo cada vez más multipolar, los países ricos que dominan en las reuniones globales son altamente contraproducentes y es poco probable encontrar soluciones sustentables a los problemas mundiales más urgentes, como son el cambio climático, la volatilidad financiera, los derechos humanos y la proliferación de la producción nuclear. En los últimos diez años, la voz más pesada de Brasil -sea en el consejo de Seguridad de Naciones Unidas, durante las negociaciones sobre Irán, como luchador por la paz en Haití, en el vecindario, o en África – ha contribuido a un debate global más rico y equilibrado. Para que esto continúe siendo así, el Ministerio de Relaciones Exteriores, el público y la sociedad civil deben convencer a la Presidente que la retirada no es una opción.