La presencia militar de Estados Unidos en América Latina: bases y cuasibases

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 Tribuna

https://egob.uniandes.edu.co/images/books/tribuna/tb-14.pdf

US Military Bases,Quasi-bases, and Domestic Politics in Latin America.
Sebastián Bitar, Palgrave Macmillan, 2016. 204 páginas. Su versión en español será: La presencia militar de Estados Unidos en América Latina: bases y cuasibases, que será publicado por Ediciones Uniandes en 2017

Por Oliver Stuenkel

Empezando con la pérdida de la base aérea de Howard en Panamá en 1999, el número de bases estadounidenses en América Latina ha decaído continuamente. Luego de que Colombia firmara un acuerdo con Estados Unidos para localizar siete bases militares en su territorio, la Corte Suprema de Justicia declaró, en 2010, ilegal el acuerdo e impidió su materialización, decisión aceptada por el presidente Juan Manuel Santos, quien lideró la
negociación cuando era ministro de Defensa. Por otro lado, las fuerza militares de Estados Unidos fueron expulsadas de Ecuador en 2009, donde tenían algunas bases en la ciudad de Manta. Perú y Panamá empezaron negociaciones, pero finalmente se negaron a albergar bases militares norteamericanas.

Estados Unidos falló en su plan de abrir nuevas bases en América Latina y ahora solo mantiene bases formales en América Central y el Caribe: en El Salvador (Comalpa), Cuba (Guantánamo), Aruba, Curação y Puerto Rico. Sin embargo, es equivocado pensar que esto simboliza el fin de la presencia militar estadounidense en la región, como lo muestra Sebastián Bitar en su excelente análisis sobre el tema. Sostiene que la política interna latinoamericana explica por qué Estados Unidos tuvo que cambiar de tono, abriendo una serie de acuerdos informales y legalmente ambiguos para tener bases militares —que Bitar llama “cuasibases”— en casi todos los países de la costa Pacífica de América (Perú, Honduras, Costa Rica, Panamá, Ecuador y Colombia, entre otros) para combatir el tráfico de drogas y las amenazas contra su seguridad. Bitar pone en tela de juicio la afirmación que dice que Estados Unidos perdió su hegemonía en la región. Después de todo, el fenómeno no ocurrió solo en Ecuador, un opositor a Estados Unidos, sino también en Colombia, un gran aliado. Al cuestionar un consenso frecuentemente aceptado, argumenta que “es difícil concluir, a partir de esta evidencia, que la era del poderío militar estadounidense en América Latina ha finalizado” (p. 177).

Estos hechos tienen implicaciones importantes en la manera en la que pensamos el rol militar de Estados Unidos en la región. Usualmente, los analistas solo consideran las bases militares formales. Con la democratización en la región, el costo político de mantener dichas bases incrementó notablemente, y los grupos organizados de la sociedad civil y las cortes se oponen a las bases militares estadounidenses por su historia de intervención, y por la mala conducta de sus tropas y sus contratistas. Como consecuencia, los arreglos informales han reemplazado los acuerdos formales, que paradójicamente complican la transparencia y la vigilancia, pero reducen el costo político de los Gobiernos anfitriones; al mismo tiempo, crean incertidumbre en las fuerzas armadas norteamericanas, pues es más fácil expulsarlas de una cuasibase.

Un acercamiento más flexible y menos visible en América Latina es parte de la adaptación de las fuerzas militares estadounidenses, como lo explica Bitar —no solo para reducir la resistencia en los países anfitriones: también para escapar al escrutinio del Congreso de Estados Unidos, de la sociedad civil y de los medios de comunicación, quienes frecuentemente critican los altos costos de los despliegues militares, una tendencia particularmente visible en los tiempos de crisis económica—. Este proceso es facilitado por el desarrollo de operaciones de largo alcance y por drones, que pueden ser coordinados directamente desde Estados Unidos o desde portaviones.

El libro estudia de manera perspicaz las negociaciones militares de Estados Unidos con Colombia y Ecuador, especialmente porque sus políticas internas difieren notablemente. El análisis muestra la reacción de la región al Acuerdo de Defensa y Cooperación (DCA, por su sigla en inglés) entre Colombia y Estados Unidos. El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, dijo: “La guerra llegó a la región”. Brasil veía el acuerdo como un desafío a su plan de convertirse en el líder de la región. Solamente cuando la delegación colombiana amenazó con retirarse de la Unasur, Brasil adoptó un tono más conciliador —lo que significó una victoria para el ministro de Defensa brasilero, Nelson Jobim, sobre el ministro de Relaciones Exteriores, Celso Amorim, mucho más crítico del acuerdo—. Sin embargo, Bitar resalta que la decisión de la Corte de rechazar el acuerdo debe ser entendida en el contexto de una sociedad civil ágil y un sistema judicial independiente, más que una consecuencia por la oposición de la región. Para el caso de Ecuador Bitar escribe: “El fracaso de la renovación del acuerdo sobre la base de Manta en Ecuador no es, por tanto, solo la consecuencia de la transformación del sistema internacional, sino, principalmente, una transformación de la política interna del país” (p. 40). Para los legisladores estadounidenses, que negocian bases militares estadounidenses, las lecciones del libro son claras: la polí- tica doméstica del país anfitrión importa más que cualquier otra cosa. ¿La oposición política local ve ventajas de apoyar u oponerse a un acuerdo militar con Estados Unidos? El autor escribe que incluso con un Gobierno a favor de un acuerdo: “Si la oposición percibe que hay más ganancias políticas oponiéndose a un acuerdo sobre las bases militares, y además es lo suficientemente fuerte para representar una amenaza electoral para el Gobierno, los acuerdos formales sobre las bases no tendrán éxito. Las bases militares extranjeras son una cuestión delicada en América Latina, y, a pesar de sus diferencias, el Gobierno debe tener en cuenta cómo la apertura de un acuerdo formal para las bases militares estadounidenses afectará su estabilidad”.

Incluso una oposición débil, que no plantea una amenaza electoral para el Gobierno, puede bloquear un acuerdo, siempre y cuando sea capaz de utilizar mecanismos institucionales para restringirlo —en esos casos, la única solución son las cuasibases—. El análisis de Bitar es importante porque le da un matiz sofisticado a un debate que está polarizado y frecuentemente dominado por argumentos ideológicos y por prejuicios. No solamente es útil para aquellos que están interesados en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, también lo es para académicos que estudian las dinámicas regionales de América Latina, donde los intentos brasileros de promover una arquitectura de seguridad regional no se han materializado —este país presentó en Unasur la propuesta de un Consejo de Defensa Americana—. Finalmente, es un estudio útil para los especialistas en relaciones internacionales que analizan los acuerdos de seguridad de Estados Unidos y China, y sus respectivas estrategias regionales, obligándolos a ir más allá del mero número de bases militares formales para evaluar la influencia militar de estas potencias

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